Por Lauro Ramírez López, socio del Club de Ejecutivos

Se supone que cada G representa una diferente Generación, aplicado el término a la evolución de la telefonía celular inalámbrica.

La primera, cuando comenzó el lento y al mismo tiempo acelerado ritmo de crecimiento de la comunicación sin cables. Paso a ser 2G cuando los dispositivos empezaron a comunicarse entre ellos mediante el envío de SMS.

Con el 3G debutaron imágenes en movimiento y videos, y la velocidad cada vez mayor era una característica que diferenciaba lo actual de lo atrasado.

La era 4G, de mayor velocidad de conexión y video streamming desde la red, está gradualmente dejando paso a la nueva generación, que consiste en velocidades y omnipresencia inimaginadas. Permitirá una actividad de inteligencia artificial y del internet de las cosas que hará que prácticamente todo esté conectado a la red. Pero como toda evolución, trae también consigo otras complejidades.

Resulta ser que como estamos en la economía del conocimiento y digital, las realidades políticas, los distintos ámbitos en que el hombre se desenvuelve en su vida, el mundo todo, está cambiando y cada vez más rápido. Y eso significa dinero y poder, dos “pequeños detalles” que no escapan a nadie. Sobre todo a los que ya los tienen.

Lo que simplemente podría haberse visto como un aumento de la velocidad de conexión a la red, es hoy un factor gravitante en términos incluso geopolíticos. Al estar todo conectado, las preguntas son: ¿Quién otorga señal? ¿Quién administra los datos? ¿Qué hace con esos datos? ¿Cuánto cuesta el servicio? ¿Cómo se puede asegurar una conexión? ¿Conviene que todo esté conectado o no? Y muchas más.

Hoy Estados Unidos y China se disputan el 5G, mientras el mundo observa. Hoy se está discutiendo el mismo futuro del mundo… digitalmente.