El empresario y la corrupción

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Matías Ordeix, socio del Club de Ejecutivos.

Es muy frecuente que cuando hacemos uso de la palabra “corrupción” la asociemos inmediatamente con lo “político”. Y no es para menos, sobre todo últimamente que, por fortuna, mediante presión ciudadana, denuncias fiscales y prensa, algunos políticos han tenido que dejar sus cargos.

Sin embargo, el empresario o los actores privados son muchas veces responsables directos o cómplices de la corrupción. Directamente cuando coimean al funcionario público, “aceitan” una licitación, o sobornan ante cualquier trámite o proceso. Cómplices porque no denuncian la corrupción, pues muchas veces les es más fácil decir “es así nomás luego” que intentar tan siquiera forzar el cambio, incluso ante las cosas más pequeñas.

En un trabajo realizado por IESE Business School, denominado “La Corrupción y las Empresas”, nos permite poner un poco de luz al impacto, formas y acciones en contra de la corrupción en el sector empresarial.  

Las empresas tienen muchas razones para rechazar la corrupción, aunque se lleve a cabo en presunto beneficio de la empresa:  tiene altos costos directos (desde multas hasta penas de prisión) e indirectos; suele reducir la transparencia (obligando a la falsedad contable y fiscal); los riesgos que lleva consigo pueden ser grandes y, a menudo, de difícil valoración, porque se escapan de su control.  Y, en fin, deteriora la reputación de la empresa y su capacidad de supervivencia y su rentabilidad futura. Además, incurrir en actuaciones corruptas es una estrategia equivocada.  La ventaja competitiva que puede adquirir la empresa corrupta, por ejemplo, aumentando sus ventas mediante sobornos, es poco sostenible y muy costosa.

Muchas veces, como comentaba antes, la tentación de hacer las cosas en forma más rápida, y acortando los tiempos de los tramites, el empresario prefiere pagar un “gestor”, que en realidad será una persona que distribuirá parte de sus honorarios, por ejemplo, dentro de una entidad pública o municipal para acelerar procesos y aceitar tramites. Estamos de este modo fomentando la informalidad y la corrupción.

Pero podemos tomar las riendas, y hacer el esfuerzo de prevenir la corrupción, como empresarios y dentro de nuestras propias organizaciones. Pues la prevención de la corrupción dentro de las empresas forma parte de su responsabilidad corporativa, y utiliza sus mismos medios: códigos de conducta, memorias, auditorías, formación del personal, exigencia de transparencia a sus proveedores y socios, etc. Lo que la lucha contra la corrupción añade a esos instrumentos es un conocimiento claro de la naturaleza, causas y problemas creados por la corrupción, la identificación de los puntos débiles en las relaciones externas de la empresa, y una voluntad firme y decidida de oponerse a ella, además de algunos medios específicos. 

El resultado será el respeto a la ley, la creación de un clima de confianza dentro de la organización y de lealtad con sus stakeholders externos, además de una gestión de mayor calidad y una sólida reputación que, a la larga, se traducirá en unos mejores resultados económicos, sociales, humanos y éticos.

Finalmente, si le vamos a exigir al funcionario público o al político que ya es hora de terminar con la corrupción, y ser transparentes, seamos coherentes, y empecemos nosotros los privados por hacer nuestra parte. Si no nos ocupamos, perdemos credibilidad ante este impostergable reclamo.

Artículo publicado el 1 de setiembre de 2018 en La Nación