El tiempo inmutable

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Por Antonio Espinoza, socio del Club de Ejecutivos.

Congruentes con el espíritu festivo de la época, dejamos de lado por esta ocasión las consideraciones sobre los desafíos nacionales y globales para reflexionar sobre el tiempo, a su vez tan efímero y tan inmutable.

La expresión latina del acápite, “el tiempo es fugaz”, tiene su origen en una frase del poeta romano Virgilio, fugit irreparabile tempus, “huye irreparablemente el tiempo”. Los minutos, las horas y los días que se van nunca volverán.

A diferencia de las medidas de distancia y de peso, el tiempo ha tenido unidades de medida que han permanecido constantes durante miles de años, a tal punto que sus orígenes se pierden en la lejana prehistoria. Tomemos la semana: tiene siete días, un número difícil e incómodo, no divisible por otros, y sin múltiplos exactos para el mes o el año. ¿Por qué siete, y no cinco, o diez, o doce días?

Hace más de cinco mil años, mucho antes de los tiempos bíblicos, en la Mesopotamia del medio oriente, surgen las primeras civilizaciones: ciudades-estado con gobiernos teocráticos regidos por reyes-sacerdotes. Obsesionados por la astronomía y las matemáticas, tomaron 60 como base de su sistema numérico, siendo divisible por 2, 3, 4, 5, 6, 12, 15, 20 y 30. También, dedicaron un día al dios vinculado a cada uno de los objetos del sistema solar conocidos entonces, que eran el Sol, la Luna, Marte, Mercurio, Júpiter, Venus y Saturno, siete en total.

El rey sumerio Sargón de Akkad formalizó el sistema para todo su imperio alrededor del año 2.350 antes de Cristo, y cuando los babilonios conquistaron Sumeria adoptaron el modelo, solo cambiando los nombres de los dioses sumerios a los suyos. Así, por ejemplo, Inanna, diosa sumeria del amor y del planeta Venus, se convierte en Ishtar.

El rey macedonio Alejandro Magno conquista Babilonia en el año 331 a.C. y reemplaza los nombres de los dioses babilonios por los de los griegos, e Ishtar pasa a ser Afrodita, que con la conquista romana cambia a Venus, diosa romana del amor. A pesar del cambio de nombres, el modelo sumerio de la semana de siete días permanece intacto, así como el sistema del día y la noche de 12 horas cada una, y de sesenta minutos por hora. Hoy, en los países de habla hispana, conservamos casi todos los nombres de los romanos: lunes por la Luna, martes por Marte, miércoles por Mercurio, jueves por Jupiter (Iovi en latín) y viernes por Venus. Sábado y domingo cambiaron por motivos religiosos, pero los anglosajones, de tendencias más paganas que nosotros, mantuvieron Saturday por Saturno, y Sunday por el Sol (Sun en inglés).

La Iluminación posrevolucionaria francesa intentó en 1792 racionalizar y decimalizar las unidades de medida, y tuvieron éxito con el metro y el kilo, que fueron adoptados progresivamente en la mayoría de los países. Sin embargo, el modelo para el tiempo, de 10 días por semana, 10 horas por día y 100 minutos por hora, duró apenas 17 meses, fracasando estrepitosamente por resistencia popular. El tiempo sumerio también ha resistido otros embates: los bolcheviques en Rusia trataron de implantar una semana de 10 dias en 1917, y en 1929 Stalin intentó semanas de seis, y luego de cinco días. Todos estos intentos se estrellaron contra la tenacidad del sistema sumerio.

Contemplando entonces la evanescente fragilidad de los segundos pasajeros, celebramos también la milenaria durabilidad de los valores compartidos de las culturas humanas, que incluyen los tambien milenarios buenos deseos que renovamos cada año nuevo, sea cual fuere la fecha en la cual se inicia, de que brinde a todos y cado uno salud, paz, prosperidad y felicidad.