Frustración democrática

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Por Yan Speranza, Presidente del Club de Ejecutivos. 

La Fundación alemana Bertelsmann publica bianualmente desde el año 2006 un Índice de Transformación que mide fundamentalmente la calidad de las democracias a nivel internacional, incluyendo a Latinoamérica y, dentro de ella, al Paraguay.

En su metodología analiza tres dimensiones básicas: la política, la económica y la gobernanza.

Básicamente evalúa la eficacia con la que los políticos facilitan y dirigen los procesos de transformación y desarrollo de los países. Se analiza, por lo tanto, los factores que llevan al éxito o al fracaso en el camino hacia una democracia de calidad y a una economía de mercado que funcione eficientemente.

La conclusión principal para Latinoamérica es que se profundiza la enorme crisis de confianza social hacia las instituciones. Y esta situación erosiona con fuerza la legitimidad de las autoridades.

Es el típico caso de autoridades políticas que son electas con un alto grado de legitimidad de origen, mediante comicios por lo general limpias, pero que posteriormente decepcionan totalmente y pierden toda legitimidad de resultados, que en verdad es lo que los ciudadanos necesitan.

En palabras del informe “hay signos en aumento sostenido de un síndrome por el que las élites políticas no logran ofrecer soluciones satisfactorias”.

Esto es en realidad  coincidente con el último informe del Latinobarómetro, la encuesta regional más importante que a finales del 2017 indicaba que por quinto año consecutivo bajaba el respaldo ciudadano a la democracia.

Las razones son muy similares, un tremendo descontento con los resultados concretos de la democracia y una enorme insatisfacción con la clase política y su comportamiento.

El informe indicaba que el declive es lento pero sostenido y lo comparaba con la diabetes:  “la mayoría de los países no son enfermos terminales, pero padecen una suerte de diabetes democrática generalizada. Empiezan a aparecer ciertos síntomas que van creciendo y si no se los tratan con tiempo, al final terminan matándote”.

En países muy desiguales como los nuestros, el descontento social puede aumentar incluso en periodos de crecimiento económico. Y, de hecho, la clase media creciente se ha vuelto mucho más demandante para unos gobiernos y una clase política que sigue atrapada en estructuras absolutamente disfuncionales.

Es  lo que precisamente  está ocurriendo en nuestro país. En el último año los tres poderes del Estado nos han mostrado que no están entendiendo a cabalidad los nuevos tiempos y las nuevas dinámicas y demandas sociales.

El Ejecutivo y el Legislativo han forzado en función a intereses muy coyunturales la regla de juego básica de una república como lo es su propia Constitución. Y el Poder Judicial no ha actuado como el árbitro neutral que debe ser para dirimir con claridad y contundencia las acciones e interpretaciones contrarias a nuestro contrato social.

En este penoso proceso se han venido debilitando las instituciones y claramente la confianza social –ya tradicionalmente escasa– ha caído aún más.

Esta creciente frustración democrática se va acumulando sostenidamente. Y la tensión social resultante configura una situación siempre complicada y poco funcional al desarrollo.

El problema es que una parte importante de la clase política se empeña en alimentar este estado de frustración, convirtiéndola en enojo y rabia.

La última decisión parlamentaria –y el tibio veto solo parcial del Ejecutivo– sobre el tema de la inconstitucional y hasta ofensiva reglamentación de la figura de la pérdida de investidura de los congresistas, nos muestra cabalmente la desconexión de un grupo mayoritario de legisladores de sus propios representados.

Incluso toman estas irritantes decisiones a escasas semanas de una elección general, y francamente cuesta entender el grado de irrespeto y desatención a una ciudadanía a quienes paralelamente le piden su voto.

Como país tenemos condiciones muy interesantes que podemos aprovechar para nuestro propio desarrollo, pero necesitamos que la política retome su esencia. Y sencillamente se “ubique” en el tiempo que le toca vivir.

ARTÍCULO PUBLICADO EL 26-03-2018 EN EL DIARIO ÚLTIMA HORA.