Iglesia y abusos: crisis de liderazgo

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Por Gabriela R. Teasdale, socia del Club de Ejecutivos del Paraguay.

Los católicos de todo el mundo estamos observando atónitos la crisis desatada en el interior de la Iglesia por los casos sobre abuso sexual. Una catástrofe moral que no solamente merece una condena universal unánime, sino que también hace que nos planteemos acerca de la necesidad de una reforma urgente en una institución que ha regido nuestros principios por siglos.

Las últimas revelaciones, que sacudieron al mundo sobre miles de niños abusados por sacerdotes, son apenas los eventos más recientes de una serie de atropellos que dejan patente la existencia de problemas estructurales profundos respecto a la integridad y competencia de la jerarquía de la Iglesia. Y, por supuesto, a su liderazgo.

Puede que en el pasado se hayan tomado medidas y sanciones, pero definitivamente no se propusieron soluciones claras e inmediatas en relación con estos problemas. Y hoy nuevamente y con mucha más fuerza se están haciendo públicos escándalos en diferentes lugares del mundo que dan cuenta de un sistema que, sin lugar a dudas, no funciona como debería.

Como católicos pero sobre todo como seres humanos, no podemos seguir callando situaciones tan graves. No podemos aceptar tanta hipocresía. Es hora de exigir a la Iglesia Católica una reforma radical para que vuelva a recuperar su integridad y autoridad moral. La tarea del Papa Francisco es crucial, porque en este momento se necesita más que nunca de un liderazgo efectivo. Y junto a él, los líderes católicos deberán crear una nueva cultura basada en la transparencia y en la justicia, que tenga como objetivo restablecer la confianza y salvaguardar la misión esencial de la Iglesia.

El Papa tiene por delante un trabajo muy difícil que pondrá a prueba su gran liderazgo. Pero estoy segura de que podrá llevarlo adelante con la humildad que le caracteriza, definiendo los caminos que deberán seguirse para que la institución vuelva a ganar credibilidad. Porque esta no es una cuestión de fe, es un problema de liderazgo en todos los niveles de la Iglesia. Y si no se toman medidas, los fieles se alejarán cada vez más, profundizando una huida que la institución enfrenta ya desde hace años.

Confucio dijo que el hombre que ha cometido un error y no lo corrige comete otro error mayor. Reconocer lo que no está bien y buscar soluciones inmediatas para seguir el camino correcto tendría que volverse en la mejor opción para quienes deseamos construir un mundo mejor. Cuando ignoramos las faltas y no dimensionamos las repercusiones que pueden ocurrir a largo plazo, abrimos la puerta para que la responsabilidad que nos toca asumir siga otro rumbo. Simplemente elegimos lo más fácil, aceptar lo inaceptable y lavarnos las manos.

La fe y los valores son esenciales para los seres humanos. Ser coherentes con nuestros valores y acciones es una tarea difícil pero no imposible. Los líderes católicos deben volver a ese propósito que, en muchos casos, los condujo a elegir el camino que tomaron y decidir todos los días vivir con transparencia. Eso fue lo que definió al líder más grande de la historia, Jesús, y si hay alguien a quien la jerarquía católica no debería traicionar es a él.

Los momentos duros y decisivos pueden sacar lo mejor o lo peor de nosotros. Solo los valientes se arriesgan a hacer los cambios que nadie quiere hacer. Solo los valientes marcan el rumbo haciendo lo correcto. Ojalá nuestro querido Papa Francisco nos siga asombrando con el desafío de buscar la verdad y elegir lo justo y necesario, cueste lo que cueste.

Artículo publicado en el diario La Nación el 15 de setiembre de 2018