Los malos liderazgos

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Gabriela Teasdale, socia del Club de Ejecutivos del Paraguay. 

El fin de semana último fuimos testigos de un acontecimiento nefasto, que fue condenado al unísono por gran parte de la comunidad internacional: el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, se adjudicaba la victoria en unas elecciones denunciadas como una “farsa” para legitimar su régimen autocrático.

Bajo la conducción de Maduro, la otrora floreciente Venezuela, dueña de las mayores reservas de petróleo de la región, se convirtió en un país donde la gente pasa hambre y enfrenta escasez de insumos básicos. La economía sufre estancamiento, hiperinflación y la producción de crudo cae en picada. Los venezolanos huyen a países vecinos buscando mejores oportunidades en una diáspora que nos angustia como sudamericanos y como seres humanos.

Leyendo y escuchando a los actores involucrados en este proceso, me puse a reflexionar sobre algo que considero esencial en la práctica del liderazgo: la capacidad de poder diferenciar a tiempo un buen y un mal liderazgo. No creo que todos los pueblos tengan los líderes que se merecen.

El señor Maduro nunca debió haberse presentado a esas elecciones. Su soberbia le impide reconocer que transita desde hace mucho tiempo por el mal camino y por esa la característica de los malos líderes de atribuir siempre la responsabilidad a otros (un supuesto “boicot internacional” contra Venezuela) de los problemas que padecen su país.

Pero lo cierto es también que hoy existe un gran vacío de liderazgo político a nivel global.

Los líderes que actualmente nos administran, es decir, legislan, elaboran presupuestos y establecen la agenda internacional no son percibidos como líderes eficientes. Hoy existe una carencia grave y alarmante en los cargos de elección popular. Esto hace más urgente y necesaria la búsqueda de líderes que puedan proteger y servir a los intereses de las personas que representan sin tener que recurrir a medidas populistas o de corto plazo, que solo tienen un efecto fugaz. Líderes que superen las disputas diarias para enfocarse en medidas a largo plazo que mejoren la calidad de vida de sus semejantes.

En un artículo reciente, Kishore Mahbubani, académico, diplomático y uno de los principales pensadores de la geopolítica global, y Klaus Schwab, economista y empresario alemán, conocido por ser fundador del Foro Económico Mundial, se hicieron las siguientes preguntas: ¿Qué diferencia a un líder del resto? ¿Qué cualidades debería tener un líder? Para Mahbubani, lo esencial está en "la compasión, el entusiasmo y el coraje, así como en la habilidad para identificar el talento y comprender la complejidad. Para Schwab, los cinco elementos clave son "corazón, cerebro, músculo, nervio y alma".

Al hablar de corazón, el ejemplo que surge por excelencia es el de Nelson Mandela y Mahatma Gandhi, líderes que desarrollaron una gran empatía con sus respectivos pueblos. Hay líderes que logran unir todas estas cualidades como es el caso del Papa Francisco, quien ha logrado conjugar el talento, el coraje, la moralidad y la inteligencia para crear una Iglesia Católica más humana y mucho más cerca de la gente.

El primer Papa sudamericano tiene alma de líder. El no sucumbió ante las riquezas y la comodidad del Vaticano, sino que sigue viviendo una vida sencilla y humilde sin los beneficios que implica estar en su cargo, y esto ha impulsado a numerosos religiosos a hacer lo mismo.

Por eso es bueno que aprendamos a identificar y analizar los liderazgos que tenemos a nuestro alrededor. No nos quejemos simplemente de los malos líderes. Antes, afinemos la agudeza para no dejarnos cegar por el brillo de las apariencias y miremos más allá. Aprendamos a identificar a los buenos líderes y podremos mirar el mundo con otra perspectiva.

Artículo publicado el 26 de mayo de 2018 en el diario La Nación