No Procrastinar

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Por Yan Speranza, Presidente del Club de Ejecutivos del Paraguay.

Procrastinar es una palabra un poco rara que se usa poco. Refiere a una suerte de trastorno del comportamiento en el cual una persona evade, pospone o aplaza tareas o responsabilidades importantes, suplantándolas temporalmente por otras más agradables que no le generan tanto esfuerzo.

Haciendo un paralelismo, es el gran riesgo que corre nuestra economía ante un modelo actual que tiene evidentes signos de agotamiento, y que necesita encarar reformas importantes para dar un siguiente salto cualitativo.

Son las reflexiones que se generaron en un conversatorio entre nuestras principales autoridades económicas y especialistas del Banco Mundial, quienes presentaron un interesante estudio denominado Diagnóstico Sistemático del Paraguay.

Todos somos conscientes de que en los últimos 15 años el Paraguay ha tenido logros muy importantes en materia macroeconómica. Y aunque muchas veces parezca menos obvio para la gente, esto también ha generado un impacto significativo en lo social.

La pobreza se ha reducido en un 50% desde las cifras escandalosas que teníamos en el año 2002 por ejemplo. Y esto ha ocurrido gracias fundamentalmente a los empleos creados y los ingresos generados a partir de un crecimiento económico sostenido --aunque volátil-- durante más de una década.

Otro logro macroeconómico con fuerte impacto en lo social ha sido el control efectivo de la inflación, que siempre castiga con fuerza a los más vulnerables.

Nuestra clase media también se ha duplicado en todo este tiempo, llegando a un 38% de la población actualmente, con todo lo que ello implica en términos de nuevas expectativas y demandas de un grupo poblacional que tiene una cosmovisión diferente en relación a cómo debe funcionar el país.

Como venimos de retrasos muy significativos, obviamente seguimos teniendo una realidad severamente negativa en muchos aspectos que hacen a la calidad de vida de los ciudadanos, y es por ello que, precisamente, debemos enfocarnos en cómo seguimos en la senda del crecimiento sostenible e inclusivo en la próxima década.

El modelo vigente estuvo basado en la utilización extensiva de nuestros recursos naturales en una coyuntura internacional  favorable para la demanda de alimentos. También en el aprovechamiento de nuestro bono demográfico, incorporando al mercado de trabajo a miles de jóvenes.

Hoy, las condiciones han cambiado. Y no podemos sustentarnos en el mismo modelo. Necesitamos volvernos mucho más productivos y eso implica reformas profundas en algunos sectores estratégicos.

Tenemos un déficit notorio en términos de capital humano avanzado, y este es un elemento absolutamente crítico que nos limita en gran medida para cualquier tipo de transformación económica y social.

Tenemos un grado enorme de informalidad en nuestra economía y esto genera distorsiones de todo tipo con fuertes implicancias en la productividad de las empresas.

Tenemos altos grados de corrupción y prácticas políticas prebendarias y clientelares ancladas en el pasado, lo cual limita la posibilidad de atraer más y mejor inversión extranjera.

Tenemos servicios públicos de muy baja calidad. Y unas enormes ineficiencias y derroche de recursos que afectan la calidad de vida de las personas y aumentan la tensión social ante demandas crecientes que no pueden ser satisfechas.

Pero posiblemente el mayor riesgo es realmente el de la procrastinación, evitando encarar las reformas que hacen falta en cada uno de los puntos mencionados, por las dificultades que impiden enfrentar las resistencias que automáticamente se activan cuando se intenta modificar el status quo.

Nuestro país, a diferencia de gran parte de la región, sigue gozando de una buena situación, aunque con algunos nubarrones más grises en el horizonte.

Sin embargo, la complacencia con el estado actual inexorablemente nos va a generar muchas dificultades en el futuro cercano.

Definitivamente, debemos dejar de procrastinar.


Artículo publicado el 25 de febrero de 2019 en el diario Última Hora